La Tierra
17/03/2005
Una visión sentimental de la nave espacial en la que viajamos
Cuando uno se emancipa experimenta por vez primera ternura por los padres. Así deben sentirse los astronautas que abandonan la Tierra cuando la ven desde el imponente silencio que reina a cientos o miles de kilómetros:
“... aquel puro contraste entre nuestro planeta de vivos colores y el negro absoluto de la infinitud...”
(Russell L. Schweickart)
“... el espectáculo de nuestro pequeño planeta con su halo azul.”
(Oleg Makarov)
“Allá, en la delgada cáscara conmovedora e increíblemente frágil de la biosfera, se encuentra todo aquello que amamos, allá se desarrollan todo el drama y toda la comedia humanas. Allá se encuentra la vida; allá se encuentra todo lo bueno.”
(Loren Acton)
“Aquel objeto vivo, hermoso y cálido parecía tan frágil, tan delicado, que si si se tocaba con un dedo se rompería y desharía.”
(James Irwin)
Lo que de pequeños nos parecía gigante, eterno e indestructible ya no lo es.
Influido con toda seguridad por 2001, Una odisea..., a mí sobre todo me provoca una sensación de silencio, de sosiego, de alejamiento relajado. Con un poco de frío también.
Desde hace ya bastante años tengo una ilusión. Bueno, una no, varias.
Imagino que la ciencia avanzará lo suficientemente rápido como para proporcionarnos a los mortales de a pié la posibilidad de viajar allí fuera y ver nuestra casita azul.
Imagino que si la ciencia no avanza tan rápido como ansío, viviré los años necesarios como para esperar que sea posible mi viaje ansiado.
Imagino que si la ciencia no avanza a la velociad necesaria y que si mi naturaleza no me permite vivir la piara de años necesarios para alcanzar mi objetivo, tendré la fortuna de que la suerte que reparte ese señor sin pelo todas las navidades también me alcance a mi y con ella yo alcance el cielo. Qué digo el cielo!! Mucho más allá. Mucho más lejos.
Lo ansío tanto como navegar por los fiordos noruegos y ver la cola de alguna ballena corcobada romper la uniformidad de un mar sin olas.
Pero es que tengo la sensación de que hay demasiadas cosas que no conseguiremos entender en nuestra vida, cosas que jamás llegarán a habitar en nuestra mente salvo que tengamos la opción de despegar los pies del suelo y poder ver desde muy lejos la fragilidad del suelo sobre el que mis hijos caminan.
Hace tiempo di un paseo en un ultraligero. Tuve la sensación de que, salvo en ese momento, arrastraba mi existencia como un gusano por la tierra.
Soy sensible a todo lo que haces, dices y sientes, y creo que por eso me descoloca tu visión de realidad, de la verdadera, gran realidad.
Insisto, cuéntame un cuento, disfruto más y sufro menos.
Desde luego es aquí donde está todo lo que amamos, conocemos…
El caso es que emigrar para descubrir, tiene el punto de lo apasionante, pero cuando uno salta desde su identidad hacia otra lejana, siente lo que forma parte de él, de lo que no se puede desprender…
Lo de la emigración hacia otra cultura resulta muy duro, y uno siempre recuerda cómo se reía, y de qué disfrutaba cerca de sus raíces.
Orges, no me digas que repartes suerte todas las navidades, ¡y yo sin saberlo!
Yo reparto suerte siempre a las que se me acercan, no solo en navidades. Lástima que no se hayan enterado todas (todavía)
¿Qué se reparte, qué se reparte?
¿Y no será que la tierra se las ha ingeniado, en su evolución de siglos, para llegar a tener un tipo de ojos (los humanos) que son capaces de mirarla, sentirla y amarla?
