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Produce una inmensa tristeza pensar que la Naturaleza habla mientras el género humano no escucha. – Víctor Hugo

Jueves, Junio 23, 2005

LO SIENTO, PERO NO LA OIGO

Hoy voy a hablar de mi y de la sensación que tengo de estar actuando con egoísmo. De no estar al pié del cañón, como mi voluntad y educación me exige y me exijo. Hoy voy a contar que en mi segunda experiencia de padre me vuelvo a dar cuenta de las tremendas lagunas que ha dejado en mis sentidos esa absurda especialización que todavía arrastro, como pesado lastre, de los antepasados que vivían en un medio ambiente más hostil. Me gustaría compartir con vosotros la desazón que produce en un padre ilusionado, como yo, el no escuchar el primero el llanto nocturno de tu bebé. 

En estos días tengo complejo de Ocaña, de Ulrich, de Gibernau, de todos aquellos segundones que serán recordados en la historia (del deporte) como los que llegaron encabezando el pelotón de los perdedores. Llegaron a la meta cuando las cámaras fotográficas ya habían lanzado la primera foto, la más importante. Y me ocurre esto, pese a mi entrenamiento y en contra de mi voluntad, la mayor parte de las noches. Tras momentos de tensión, de angustiosa espera frente a la cuna de mi niña con el pensamiento de no fallar en esta ocasión. Con todo preparado: el biberón con agua, el chupete limpio y apropiado, el otro chupete de repuesto, el pañal inmaculado, etc. En los primeros minutos, al principio, salto como un resorte ante cualquier pequeño gesto de sus manitas, contemplo con ilusión las muecas de su cara y tranquilizo a su madre diciéndole que puede descansar tranquila: yo estoy al mando.
Pero la noche es oscura, larga y paciente. Casi siempre, suele ocurrir que mi vigilia baja por momentos a la media hora, supongo que conforme el ácido láctico va bloqueando mis músculos y eso hace que además voy perdiendo reflejos. Si antes me sobresaltaba el batir las alas de un diminuto mosquito, mi agudeza va perdiendo enteros y al cabo de un tiempo soy incapaz de distinguir entre insectos voladores y rapaces. Al final caigo dormido/vencido.
Lo peor de todo es cuando el sonido del llanto de mi querida niña llega a mis oídos. Muchas veces se cuela previamente como un espontáneo en el sueño que tenga llegando hasta la conciencia. Otras veces, sobresaltado, me despierto cuando la escena que contemplo ya no tiene solución: madre e hija juntas en indescriptible armonía. Mi mirada, humillada, pocas veces se traduce en palabras y mis párpados se niegan a que sufra más y bajan el telón.
Algunas veces es aún peor. Por la mañana, cuando considero que la noche ha sido perfecta, tras ducharme, compruebo con horror la prueba del delito. Varios pañales, cariñosamente doblados en el cuarto de baño como detalle inequívoco de que hubo actividad nocturna. Me hundo.
En las semanas en las que estoy en esta nueva situación familiar nunca se me ha dicho nada, todo lo contrario, y eso es peor. Para intentar buscar una explicación (también solución) he leído algo sobre el oído humano.  Parece ser que los hombres somos más sensibles a los sonidos graves y las mujeres, sobre todo las que están dando leche a sus bebés, a los agudos. Una especie de adaptación para que en cada caso se cubran las necesidades vitales de la mejor forma posible. Los hombres seríamos mucho más efectivos a la hora de oír, por ejemplo, un elefante entrado en casa, un tigre por el pasillo, o incluso nos molestaría más que Plácido Domingo viviera en el piso de abajo y ensayara por las noches. Mientras que por el contrario, las mujeres son más precisas a la hora de escuchar el llanto de un niño o el sonido de El flautista de Amelín (o como se escriba).
Soy consciente de que esto no soluciona mi problema, pero algunas noches, cuando me despierto y las miro me tranquilizo al pensar que aunque otra vez he llegado tarde, yo sería el primero en darme cuenta, y alertarlas, si un trailer estuviera aparcando sin frenos en nuestro salón. 

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