Miírcoles, Marzo 09, 2005
WWW
Internet se ha colado en nuestras vidas. La verdad es que no consigo saber si la usamos correctamente o si es ella quien nos usa a nosotros. No pretendo en unas pocas líneas dar respuesta a esto, pero
permitidme que piense algo en voz alta. Si es una bendición, o una revolución, o un peligro, o el mísmisimo Satanás es algo que no nos toca decidir aquí. Es algo que ya está decidido.
Hace no mucho tiempo pude escuchar en la radio una noticia que me dejó un tanto perplejo: se había puesto en marchar una web que conectaba un servidor a una pequeña camarita de vídeo y a su vez esta a un rifle. Si, un rifle. Este “sofisticado? artilugio recibía peticiones desde cualquier parte del mundo a través de una web, de forma que el “cliente? después de realizar un generoso pago, tenía en la pantalla de su ordenador la visión que le daba la cámara, y en sus manos la posibilidad de moverla, dirigirla a su antojo. La cámara mostraba una reserva de caza y claro, como es lógico en estas reservas suele haber animales. Si la suerte acompaña o por el bien del negocio, un ciervo pasa por delante de la cámara, aprietas un botoncito en el ratón y zas, el rifle se dispara y el ciervo cae al suelo.
Creo que puedo imaginarme la escena: hay un tipo solo en casa, con un chándal de marca y gorra de caza. Su mesa está llena de restos de comida y varias latas de cerveza. Al levantarse por la mañana no sabía que hacer con su dinero y decidió que sería divertido matar un ciervo.
Tengo el firme convencimiento de que Internet ha supuesto y está suponiendo un cambio social superior al que en su día provocó la Revolución Industrial. Tengo el firme convencimiento de que nos aporta y aportará bondades que no podemos aún ni imaginar, pero me preocupa profundamente la madurez de nuestras cabezas y la de nuestros hijos para asimilar todo esto.
Hemos suprimido las distancias. Hemos anulado (por ahora) tres de nuestros cinco sentidos. Nos bastan la vista y el oído para movernos por el mundo: para aprender a preparar un artefacto explosivo, para visitar un club de alterne, para comprar cualquier tipo de sustancia de dudosas procedencias, para poder ver y aprender la forma más rápida y limpia de cargarnos a nuestro vecino.
He hablado con algunos padres de hijos adolescentes que mostraban una tranquilidad asombrosa al hacer saber que sus hijos pasaban la tarde en un cíber. Supongo que tienen una gran confianza en ellos.
Dejando a un lado amores u odios, pasiones o fobias, es el mundo que tenemos, el que nos estamos construyendo y por ese motivo me preocupa especialmente el educar a los que vienen para entenderlo.
No podemos olvidar que ahora la calle está también dentro de casa. No huele, no sabe, no podemos tocarla, pero está también en los dormitorios de nuestras casas; y no entiende de distancias.
