Jueves, Marzo 10, 2005
¿Verdad o mentira? Esa es la cuestión
Uno de las grandes cuestiones que se han preguntado los estudiosos del comportamiento animal ha sido si las especies son honestas cuando manifiestan alguna información a sus coespecíficos. Es decir, si existe algún tipo de pacto por la verdad en la que ninguno de los miembros se aproveche de la bondad de compañeros “dentro de la ley?. Por ejemplo, si la demanda de alimento que realizan cada uno de los pollos que conforman una nidada de carboneros es proporcional al hambre que han acumulado, si la vistosa cola del pavo real es un fiel reflejo de su calidad genética o inmunológica, el canto de un macho de canario es también un canto de su fortaleza física y del no padecimiento de enfermedades, o el tamaño y coloración del peto que tienen los gorriones machos es una promesa que realizan a las hembras acerca de que su interior está libre de parásitos comedores de entrañas.
La respuesta a tales cuestiones no ha sido fácil de conseguir y hasta que no se ha producido una revolución en la concepción de los estudios científicos no ha tenido salida. Hasta que los equipos de investigación no han abandonado el egoísmo de la defensa de sus parcelas de investigación, esto es, hasta que no se ha regresado a la visión de la Naturaleza en conjunto, y se formado grupos de investigación mixtos formados por inmunólogos, matemáticos, ecólogos, etc., no se ha podido ver el medio natural de una forma menos artificial. Y las respuestas, entre ellas la que se corresponde con la cuestión inicial que he planteado, han empezado a llegar.
Las visiones fenotípicas que tenían los ecólogos sobre los elementos llamativos de los plumajes de diferentes aves se transformaron directamente en una serie de indicios inmunológicos que realmente venían a testificar que la cola verdosa, terriblemente vistosa y costosa de producir, estaba directamente relacionada con un sistema inmunitario de primera línea. Vieron que el canto de los machos de canario era más fiable que un chequeo parasitológico en el Hospital 12 de Octubre, y que los hermanos que conformaban una nidada de carboneros eran terriblemente honestos con su madre a la hora de demandar alimento, incluso en situaciones de penuria. En ningún caso se vio que la información que se ofrecía a los ojos u oídos de sus coespecíficos llevaba una traza de mentira aunque pudieran obtener por ello algún tipo de aparente mayor beneficio.
Pero llegados a este punto, surge otra pregunta: ¿Y el Homos sapiens? ¿Por qué no es así? ¿No somos el Homo sapiens una especie con parecidas necesidades vitales? Dicho de otra forma, ¿Cuándo, evolutivamente hablando, surgió la mentira como una estrategia válida para la supervivencia de los individuos? Habrá que esperar a ver qué dicen los fósiles, tanto los que reflejaban un mundo real como los que se hicieron para engañar a los “primitivos? honestos.
